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sábado, 10 de octubre de 2015

Corta Cabeza Y Gumbo


No sé por qué, pero en esta fase de crianza lo que más me cuesta es encontrar tiempo para ir a la peluquería. Voy cuando no queda más remedio, cuando el pelo está tan largo que ya sólo te ves bien con la coleta.

El sábado pasado le comenté a Fernando mi intención de escaparme, sabía que tendría que trabajar y teníamos que organizarnos. Su respuesta fue una propuesta imposible de rechazar: - tengo que ir a ver un cliente a final de la tarde, una peluquería llamada “Corta Cabeza”, que te corten el pelo y después cenamos al lado, en GUMBO, que dicen que está muy bien”

Agarré con desconfianza a mi taza de café:
         - ¿se te acaba de ocurrir o ya estaba planificado?
        - Es que hace mucho que no salimos…

Y creo que en casos como éste, una tiene que convertirse en madre flexible y esposa dócil (exclusivamente en este caso ¿eh?).
  •          Lo primero que hice fue buscar en Internet Corta Cabeza, con ese nombre me quedé un tanto inquieta. Por la web vi que era uno de estos sitios nuevos, muy modernos, donde te ofrecen un café o refresco nada más entrar, todo muy VIP. En fin…todo por mi chico. (http://cortacabeza.com/#!/home)
  •          Lo segundo fue cotillear el restaurante para saber si iba en vaqueros o no. (http://www.gumbo.es/)

A media tarde nos sumergimos en el centro de Madrid, aunque viva aquí no deja de sorprenderme la multitud de gente, coches y vida en ebullición. Me encanta y lo disfruto.


Entré en Corta Cabeza con bastante timidez. El local es impresionante. Rechacé el café y me senté en un maravilloso Chester de piel verde para leer. La espera duró poco. El chico que iba a atenderme vino a conocerme (a conocer mi pelo), estuvimos hablando de lo que quería. Ya sé que es muy básico pero creo que es la primera vez que miran mi pelo antes de lavarlo.
Vale que el lugar es muy chulo y es muy agradable que te atiendan bien, pero al final lo que diferencia de verdad a esta peluquería del resto es el nivel de profesionalidad de sus peluqueros. Me sorprendió el nivel de mimo, de concentración y de entusiasmo que empleó para un corte de pelo tan tradicional como mis capas largas. No sé cómo se comportará cuando le pidan algo más original o creativo! Nos reímos de mis rizos y casi diría que se divirtió con ellos.

Es la primera vez que salgo de una peluquería queriendo volver a entrar.

Después entramos en GUMBO, justo el local de al lado. Imposible no ser puntual. Me dio tiempo a verlo con pocos clientes aunque se llenó a los pocos minutos. Parece que está muy de moda. El local no vale gran cosa. La decoración es muy sencilla y las mesas están demasiado juntas. Tanto que acabamos hablando con los chicos de la mesa vecina. La luz se apagó en dos o tres ocasiones en una de ellas cantaron el cumpleaños feliz, supongo que el consumo de alcohol durante la cena ayudó a entonar.
Pero lo importante, y por lo que creo que tiene éxito es por la comida. Es un restaurante de Nueva Orleans: cocina europea (yo diría que sobre todo francesa) mezclada con sabores africanos y notas de Jazz.
Cenamos: tomates verdes fritos con salsa remoulade y gambas (muy rico), flan de ajo con tomate asado (riquisisisisisimo), bonito ennegrecido con especias a la plancha fuerte (rico) y de postre tarta de manzana con bourbon (se pasaron con el bourbon).
Mereció la pena y es un lugar recomendable si te gusta disfrutar de la comida por un precio moderado (50-60 €). Eso sí, para ir en vaqueros!


No hay nada como los planes que se hacen con el café de un sábado por la mañana. 





domingo, 30 de marzo de 2014

El Color De Mis Canas

Una mañana me di cuenta de que tenía canas. Al principio no sabía si es que seguía dormida o era por culpa del espejo. No eran muchas, las justas para molestar.
La primera estrategia fue peinarme para ocultarlas. Pero estos pelos son antipáticos, sobresalen a traición como alambres histriónicos delatando el paso del tiempo.

Con el cambio de casa decidí buscar una peluquería de confianza, maja y cercana. El local era bonito, los precios más bien altos y las chicas, pensé, demasiado jóvenes.
Me aconsejaron un tinte sin amoniaco y me dieron un catálogo de color. “Yo quiero que se parezca al mío”. Su respuesta fue algo confusa: “Entonces elige uno entre esta fila. Éste marrón tira a rubio, éste rubio tira a rojo, éste rojo tira a marrón…”
Me sentía un poco perdida: “¿Y no tienes un marrón que tire a marrón?”

Si ves que hay algo de lo que no tienes ni idea y no te aconsejan, mejor no hagas nada hasta tenerlo claro. La catástrofe está asegurada. Pero la impaciencia pudo con la prudencia.

Cuando me secaron el pelo comprobé que era negro. Me dijeron que ese negro lo llaman marrón, que esperara 3 semanas para hacer otro intento. Y 3 semanas estuve con el pelo recogido. Estaba horrorosa.

El segundo intento fue peor. En 20 minutos dejé de parecerme a Cleopatra para ser la prima de la Barbie. Me fui sin discutir, no merecía la pena. Con no volver era suficiente.

Otras 3 semanas con coleta mientras estudiaba el resto de peluquerías de mi zona. Opté por Cohen porque estaba lleno y muchas de sus clientas me recordaban a mi madre. ¡Ay el subconsciente! Les conté mi mala experiencia, se mostraron pacientes y profesionales.

¿Qué color quieres? Se me ocurrió un ejemplo mundialmente conocido: “Imagínate una caja de plastidecores, está el negro, el marrón y el amarillo. Pues el marrón”.  La peluquera, con la sonrisa congelada y los ojos como platos murmuró: avellana, quieres un avellana…

Y mientras devoraba todas las revistas del corazón que había a mi alcance, mi pelo volvió a ser normal. Salí muy contenta, la Pantoja es abuela por partida doble y yo llevo mis rizos al viento de color avellana.


Tengo asumido que estoy atrasada en algunos temas… pero poco a poco me voy reciclando.